lunes, 9 de octubre de 2017

Pocahontas y el amante español

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La historia de Pocahontas nunca pudo cobrar popularidad en la América Hispana y si me deja voy a intentar contarle el por qué recurriendo a su paciencia y unas pocas líneas robadas. La conquista de América no fue lo que la mayoría piensa o quiere creer cientos de años después de ocurrida. Aunque con el diario del lunes en la mano y cientos de años de lucha por los derechos humanos e igualdad de razas, a muchos les puede parecer que fue una operación militar, organizada, centralizada y protagonizada por grandes ejércitos y batallas espectaculares para lograr un genocidio, en realidad excepto en un par de casos aislados no fue así para nada. Este hecho único en la historia de la humanidad en realidad fue un breve proceso de no más de 60 años en el que mediante diversas acciones realizadas por unos pocos hombres, se pudieron explorar y derrotar a grandes imperios y pequeñas tribus y no solamente mediante la fuerza de las armas, sino también mediante un hábil e inteligente uso de la diplomacia y la política (de la época) y otros aspectos que decantaron la balanza hacia un solo lado. A la vez que se conquistaba se colonizaba mediante una profusa fundación de municipios, instaurando las leyes castellanas y creando instituciones políticas propias.
Mediante la escritura idiográfica de las tribus naturales ahora podemos entender que los escribas contaban su propia versión de la conquista del territorio incluso acompañando a los españoles mediante alianzas para guerrear contra las tribus o culturas que eran sus enemigos históricos. La visión indígena de la conquista es una óptica que debería ser tenida en cuenta también al estudiar la historia de la conquista; esto es, no demonizar a los que ayudaron a los españoles, o crear héroes falsos entre los que se resistieron, pues todo era muy complejo (del mismo modo que entre los conquistadores había gente generosa y gente muy poco ejemplar).
Por ejemplo es de señalar el hecho de que, como a los tlaskaltecas, conquistadores de Tenochtitlán (actual Mexico DF) junto a las escasas tropas españolas de Hernán Cortés, los unía con España, primero su común oposición a los aztecas de Moctezuma; después, su fe cristiana y la consanguinidad (el cacique había emparentado en lazos de sangre con Cortés y los hermanos Alvarado) y el interés común de conquista de otras tierras a sus enemigos tradicionales del sur.


Tampoco en la América colonizada por los pueblos de la Península Ibérica se daba el racismo, o al menos no se daba más de lo ya existente en la América precolombina. Los españoles conquistadores podían ser clasistas (así lo era la época) pero no racistas. No olvidemos que muchos encomenderos emparentaron con las familias indígenas reales o descendientes de los antiguos caciques.
El sistema de encomienda hoy puede parecernos una barbaridad, pero en aquella época en la que, también en Europa, los trabajadores de la tierra tenían todavía una situación de servidumbre, no se veía como algo tan problemático. Era simplemente la mejor alternativa a la esclavitud que se estilaba en otras partes del mundo, y que los británicos y holandeses comenzaban a fomentar también en América.
En las colonias españolas la esclavitud estaba prohibida por las leyes, por ser una práctica opuesta a las enseñanzas cristianas. Se hacía a escondidas de la ley, y provocaba las críticas de los religiosos, hasta que, finalmente, fue tolerada como práctica similar al sistema de encomienda. Sólo así pueden entenderse las palabras del padre Bartolomé de Las Casas, gran defensor de los indígenas, cuando acepta la utilización de esa mano de obra procedente de África para las plantaciones de caña y otras propiedades de las islas del Caribe. Se trataba de evitar el traslado de otros indígenas, alejándolos de sus lugares de residencia y de sus familias.
Especialmente en el Caribe, la población autóctona había desaparecido, más por causa de enfermedades (la gripe o la viruela eran letales para ellos) que por razones de conquista, pues los taínos eran bastante pacíficos. Todavía el mestizaje de las tres razas simboliza la realidad de Países como Puerto Rico, República Dominicana, Cuba o Brasil.
No hubo racismo institucional en todas estas colonias españolas y portuguesas mientras la Iglesia tuvo influencia para evitarlo (antes de la expulsión de los jesuitas en el siglo XVIII y las desamortizaciones del XIX). Por el contrario, el mestizaje se defendió desde las más altas instancias eclesiásticas y gubernamentales, como puede verse en el enorme fresco que decora la Iglesia de la Compañía de Jesús en Cuzco, bendiciendo los matrimonios entre los dirigentes españoles y las princesas Incas, para ejemplo del resto de la población.


Hubo también excesos, y mucho mestizaje provocado por la violencia, como en toda conquista; pero no se puede hablar de racismo organizado en la colonización española y portuguesa de América. Pocahontas no era en el mundo católico la excepción, como ocurre en la cultura anglosajona y protestante; era la norma generalizada, y por esa causa, no era preciso crear un mito a partir del único caso de matrimonio mixto existente.

Extraído de una nota de  : https://imagologiajorge.wordpress.com

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