jueves, 3 de marzo de 2016

Uno de los cementerios más grandes del mundo

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Tumbas, nichos, sepulcros, exhumaciones, osarios, crematorios, panteones, responsos, reducción de restos o la experiencia de entrar de cabeza al mundo de la muerte. La cuestión empezó un candoroso miércoles de primavera a las 9.30 de la mañana, el día en que, siguiendo los rastros de una historia, pisé por segunda vez un cementerio y por primera, al gran coloso de la Chacarita. Llegué obsesionada por confirmar aquel dato que terminara de cerrar una historia que estaba escribiendo y de darle credibilidad a mi fuente principal.

Buscaba el nicho de Hernán Petric, un broker de 45 años y una vida hedonista; un tipo, según sus conocidos, “de gran corazón”; aunque decirlo así suene raro porque fue justamente el corazón el que se le paró súbitamente aquel 20 de julio de 2011 y lo dejó en la Chacarita sin escalas. Petric era huérfano, no tenía hermanos, ni tíos, ni pareja estable. Había pasado un año y medio desde su muerte y en ese entonces (antes de que su socio decidiera trasladar los restos a un cementerio privado de Pilar) parecía que la única persona que realmente lo extrañaba era su empleada doméstica.¿Estaría su cuerpo, sus restos en el Pabellón 24, nicho 22 como me habían contado? ¿Sería aquella historia, que ilustraba la complejidad del empleo doméstico en Argentina y que imaginaba como apertura de mi próximo libro, verdad?


Desde que había entrado a trabajar en su casa, Soledad y Hernán habían entablado una relación entrañable. O al menos así lo contaba mi fuente. También decía que era ella la única que iba a ver su tumba. Por mi parte, nunca había visitado a un muerto. Tampoco soy una persona religiosa. Pero ese día en la puerta del cementerio, compré flores. Sentí que Hernán me daba su historia y que yo le debía algo a cambio. Me hice de cuatro claveles: uno rojo, uno rosa, uno fucsia y uno blanco. Los dejaría en su tumba y le agradecería su generosidad.


El Cementerio de la Chacarita es un lugar monumental. No sólo porque tiene casi cien hectáreas sino también porque la mayoría de sus construcciones son enormes. Abrió en 1871, en plena epidemia de fiebre amarilla. Hay un peristilo por donde se entra, con la forma de un panteón griego con columnas de unos quince metros por los que pasarían cuatro o cinco elefantes encimados; hay escaleras de piedra con peldaños anchos y altos, cuadras adoquinadas interminables, calles paralelas, trasversales, diagonales y rotondas. Y lo usual: capillas donde se rezan responsos. Es uno de los cementerios más grandes del mundo, el mayor de los tres de la ciudad (los otros dos son los de Flores y Recoleta) y el único que tiene un crematorio y tres modalidades enterratorias: sepultura en tierra, nichos y bóvedas. Allí podrían descansar simultáneamente un ejército de 350.000 cadáveres.


En la Chacarita también hay oficinas donde se organizan los papeles, archivos donde se registran los datos, las ubicaciones de los muertos para que no se pierdan entre los miles de restos y cenizas, en la marea difusa del anonimato. Por sugerencia de un guardia de seguridad, me dirigí hacia el Archivo. Sabía exactamente cuándo había muerto Hernán.-¿Fecha de defunción?— 20 de julio de 2011El empleado movía la cabeza de un lado a otro. Daba vuelta las páginas ampliando el rango de búsqueda. -¿Hernán Francisco? Figura el 27 de julio, es la fecha en la que “ingresó”. Debe haber ido a la morgue antes- intentó encontrarle explicación. Esbozó una sonrisa satisfecha, tomó una lapicera y en un pedazo de papel anotó: Galería 22, Fila 3, Nicho 24.Para llegar a la Galería 22 hay que atravesar el cementerio justo hasta el corazón.


Caminar sobre los huesos antiguos de muertos que hemos olvidado y que después de cierto tiempo, cuando alguien deja de arrendar algún espacio físico, se acumulan en el único osario de Buenos Aires.Primero enfilé por la avenida central, un corredor ancho bajo la sombra de tipas, delimitado por bóvedas como obras de arte. Justo después empezó la vastedad de lo que los mapas llaman el Sexto Panteón, un playón enorme de pasto amarillento; con caminos ondulantes de cemento. Allí abajo hay nueve galerías, una sucesión de pasadizos interconectados y con ventilación, llenas de nichos de piso a techo. Es una gloria de la ingeniería en la que colaboró, por los ’50, Clorindo Testa. Caminé bajo el sol bordeando la gran manzana, intentando ignorar el olor a madera deshaciéndose en el fuego allá a lo lejos en el Crematorio. En la entrada, al pie de las escaleras, me recibió uno de los cuidadores. Como los demás, estaba vestido con pantalón y camisa azul. El hombre, de bigotes canosos, tomó en sus manos el papelito que me había dado su colega del Archivo y arrugó la frente.-Esto no puede ser. Acá la galería no coincide con este nicho. ¿Cuándo se murió? ¿No serán restos?


A esta alturas ya no estaba segura de a qué se refería con “restos”. Ni quería imaginarlo. Nos dirigimos al subsuelo. Hicimos conjeturas. Contamos juntos: desde abajo uno, dos, tres … el nicho era el anteúltimo de arriba. El hombre buscó una escalera, la colocó en diagonal y empezó a subir. Se puso los anteojos y leyó la placa.- ¿Petric me dijo? Nada que ver. Josefina Gonzaga …- dijo. Me invadió el desaliento. Del otro lado del pasillo era la misma historia, pero esta vez no había placa. Entonces el hombre, sin preguntarme, empezó a desenroscar uno de los dos tornillos que sostenía la tapa del nicho. Estaba por gritarle que no hacía falta, cuando metió la mano en la oscuridad del hueco y obtuvo un cofre de madera que decía “Rodríguez”.-No hay más vueltas. Los datos son erróneos. O falsos Vuelta a caminar aquellas cuadras eternas, a cruzarme con otras personas dolientes y llegar a una oficina informatizada al lado de la Capilla, para corroborar la información. -No, Petric no está … ¿Segura que el 27? ¿El 20? A ver … — y cuando terminaba de hacerme la idea de que había caído en la trampa de una fuente fabuladora, dijo: Ah, sí, acá está. Hernán Petric. Y anotó en mi brújula de papel … corrigiendo a su compañero pero sin tacharlo: Galería 22-24, Fila 3-3, Nicho 24-22.


Con entusiasmo me dirigí a la sección 9. Cuatro cuadras más hacia la entrada, después doblar a la izquierda y cuatro hacia el Panteón de los Escribanos. Cuando llegué a la Galería 24, estaba acalorada y exhausta. Me atendió un cuidador de zapatones ortopédicos.— Fila 3 es arriba … o puede ser acá abajo. En el primer piso, con el esfuerzo de sus zancadas rígidas, llegamos hasta el pasillo buscado. Donde “Abu Lita. Te amaré por siempre”, nos sacó de la duda.Último intento, pensé. Último pasillo de la planta baja. Caminamos juntos. Casi al lado del pasillo, bien a la vista, decorado por una placa especialmente hecha y firmada por Soledad, arreglado por unos lirios rosados que no tendrían más de una semana, estaba, al fin, el nicho de Hernán Francisco Petric. La historia era verdad.-¿Es una morochita de pelo corto?, me preguntó por la empleada doméstica de Hernán, mientras yo inspeccionaba los lirios. Es la única que lo viene a ver. Viene todas las semanas o cada diez días. Las flores estaban en un recipiente rectangular. Saqué fotos. Hice anotaciones. Le di las gracias a Hernán. Puse delicadamente dos de los cuatro claveles, el rosa y el blanco, al lado de los lirios y me fui. Me guardé el rojo y el fucsia. A pocos pasillos, tenía alguien a quien visitar.

Por Luisa Mantero para Clarin.
Luciana Mantero es periodista y escritora. Autora de "El deseo más grande del mundo" (Paidós)

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