miércoles, 17 de mayo de 2017

El viejo colchón de lana

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Apenas medio siglo atrás, cuando la espuma de poliuretano aún no había llegado a todo el mundo, en el campo, allá por principios o mediados del verano, llegaba la madre a la habitación, abría la ventana de par en par y levantaba a todos a los gritos. Los hermanos más pequeños se hacían los remolones, pero finalmente todos terminaban arriba empujando los colchones de lana para llevarlos al patio. Allí ella ya había dispuesto todo para comenzar el rito de azotar con unas varas la lana de los colchones y así limpiarla para poder reutilizarla. Para ello ponía el elástico con alambres de caracol para empezar a desmadejar a mano y que lo más importante del polvo cayera al suelo. Claro que previamente descosía la tela a rayas, o aquella otra con dibujos de flores y plantas con fondo azul o rojo del cotín que contenía toda la lana para formar el colchón propiamente dicho. Quitaba los botones…unos veinte si eran los colchones de cama matrimonial, más o menos la mitad para el resto… y a lavar. Cuando se sacaba la lana se dejaba en el suelo encima de una colcha vieja de las que se ponían debajo del colchón en la cama, y reposaba al sol durante unas horas para matar cualquier ácaro que allí viviera e hiciera la vida miserable a los alérgicos de la familia. De vez en cuando se le daba la vuelta a la lana y se volvía a desmadejar lo más posible. Después de la siesta, y con poca brisa, comenzaba el vareado (se golpeaba con varas) de la lana. Las mujeres se ponían ropa vieja; un delantal, un pañuelo en la cabeza. ¡Mamá… dejame a mí un rato…! y empezaban los niños a darle a la lana; cada varazo silbaba y cortaba el viento, hasta que te cansabas y era el abuelo o el padre que ya había venido de trabajar, el que terminaba el trabajo.


Pero en las ciudades o pueblos, la gente pagaba a los colchoneros quienes eran los encargados de pasar por las casas a fabricar o reparar los colchones para que se conservaran en óptimas condiciones. Era habitual ver a un colchonero cardando la lana de algún colchón de la familia. El trabajo se hacía en el patio o en la terraza: se desarmaba un extremo del colchón y se sacaba toda la lana. Tras pasarla por la cardadora, se la dejaba secar. Una vez limpia y desenredada, volvían a introducirla en el colchón. Se cosía primero la boca de la tela y después todo el perímetro del colchón, lo que es conocido como burlete, todo ello mediante un trabajo completamente artesanal.






Cada tanto y según las manchas se ponía tela nueva y la vieja se aprovechaba para otros usos. Para el cosido de los laterales se utilizaban unas agujas gruesas y especiales para colchonero que hoy también usamos para coser el matambre. Para que la lana no se desplazara de un sitio a otro, el colchonero cosía unas cintas o hilos gruesos distribuidos uniformemente por el medio del colchón.


Había dos tipos de colchones: el corriente, que terminaba una vez que estaban todas las cintas atadas y pasadas, y el llamado a la inglesa, cuya sofisticación consistía en hacerle un borde cosido por todas sus aristas como un gordo repulgue, el llamado burlete que mencionamos anteriormente.


Este trabajo se hacia normalmente cada dos años. La lana que se utilizaba para los colchones era la misma que se sacaba y se vareaba, ya que la lana puede durar 100 años si está bien cuidada, pero hacia falta rellenar los colchones cada vez que se hacia este trabajo de limpieza con aproximadamente dos kilos de lana nueva.
Para cualquier ecologista el denominado colchón tradicional "francés" sigue siendo una de las opciones más saludables y naturales para garantizar un perfecto descanso. Se siguen armando como lo hacían a principios del '900, fiel a las tradiciones de nuestros padres y abuelos. Estos colchones son una opción válida y funcional (especialmente si se combina con un soporte anatómico adecuado), pero en el mediano y largo plazo, probablemente se hayan re-descubierto por su sostenibilidad ambiental. De hecho, nacieron en una época muy diferente a la nuestra, donde era completamente natural utilizar de manera sabia los recursos que nos pone generosamente a disposición nuestra querida "tierra". De ahí que el colchón "tradicional" esté hecho de materiales naturales y renovables (algodón, lana, pelo, etc.) que requieren muy poca energía para ser producidos, duran mucho en el tiempo y al final de su ciclo de vida vuelven a enriquecer el ambiente sin producir residuos. Paradójicamente, este producto antiguo es también el más futurista, ya que siempre ofrece un ciclo de producción que los científicos ahora llaman sostenible "de la cuna a la cuna" pero nuestros padres lo llamaban simplemente "sentido común".

Taluego.

Adaptado de la nota de https://creciendoentreflores.wordpress.com/2016/01/13/aquellos-colchones-floreados-de-lana/ y http://www.casa-del-materasso.it/materassi_tradiz.html


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