lunes, 8 de mayo de 2017

Apología del suicidio en 13 capítulos

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Hay evidencia de sobra de que el suicidio mostrado en los medios de comunicación provoca reacciones imitativas. Más cuando aparece naturalizado o justificado en una historia de ficción. Mucho más cuando esa historia va dirigida a una población vulnerable como son los adolescentes. El suicidio adolescente es hoy un problema de salud pública grave y creciente a nivel mundial sobre el cual viene alertando desde hace varios años ya la Organización Mundial de la Salud (OMS) y muchos otros organismos internacionales, algunos de los cuales hasta se animan a hablar de "epidemia". Según la OMS, las tasas de suicidio aumentaron un 60 por ciento en los últimos 50 años y ese incremento fue más marcado entre los jóvenes, que son actualmente el grupo de mayor riesgo. Tanto a nivel mundial como en la Argentina, el suicidio es la segunda causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años. Desde los 90 hasta hoy la mortalidad por suicidios en adolescentes en Argentina creció más del 100 por ciento. Ese aumento es constante en todas las provincias del país, aunque las más afectadas son Neuquén, Chubut, Santa Cruz, Tierra del Fuego, Salta y Jujuy. Según la Encuesta Mundial de Salud Escolar, realizada en nuestro país en 2012 sobre una muestra de 28.368 estudiantes de primero a tercer año de escuelas secundarias, el 17 por ciento de los chicos encuestados había considerado seriamente la posibilidad de suicidarse en el último año,y el 16 por ciento lo había intentado, una o más veces. La Argentina tiene una Ley Nacional de Prevención del Suicidio: la ley 27.130 sancionada en marzo de 2015 y que, más de dos años después, aún no fue reglamentada. Esa ley declara de interés nacional la atención, investigación, capacitación y asistencia a personas y familias en riesgo de suicidio. Porque el suicidio es evitable. Porque no es una cuestión privada, de conciencia individual o una enfermedad mental irreversible, sino un problema social. Porque la mayoría de las personas que se suicidan dan señales previas que son pedidos de ayuda, y suelen ser ambivalentes: quieren poner fin a su sufrimiento, pero también quieren seguir viviendo.


Esa atención al problema es el que hace que los medios medianamente responsables no publiquen ni difundan imágenes de suicidios y su tratamiento en las ficciones sea lo más secundario posible.
No es el caso de la serie de Netflix Thirteen Reasons Why (Por trece razones, en Latinoamérica) El argumento es bastante sencillo: una adolescente de 17 años que se siente hostigada por sus compañeros de secundaria toma la dramática decisión de quitarse la vida, pero antes de hacerlo graba siete casetes (sí, las cintas de audio que desaparecieron prácticamente a mediados de los 90) en los cuales les explica a trece personas (un lado de cada casete dedicado a cada una) por qué todos ellos son en parte culpables de su muerte. Cada capítulo está dedicado a uno de estos personajes, y a partir de este recurso la trama despliega toda la serie de situaciones imaginables que pueden torturar a un adolescente: aislamiento, acoso, hostigamiento a través de las redes sociales, violencia sexual, consumo de alcohol y drogas, incomprensión o ausencia de adultos (en la escuela o en la propia familia).

La serie es bastante previsible, la estética respeta a rajatabla los lugares comunes del género teen de clase media alta y tiene sobre todo un incómodo tono ligero que frivoliza el argumento al punto de hacer inevitable que hasta la mitad al menos, uno espere que la chica no esté muerta. Pero la chica está muerta (y no será la única). Se cortó las venas y se desangró en la bañera (esto no es spoiler, se sabe desde el comienzo y luego se muestra de manera explícita). Y es una chica común y corriente, linda, inteligente, con unos padres amorosos y presentes, que no padece ningún trastorno mental y a la que –casi hasta el final de la serie al menos- no parece haberle ocurrido nada muy distinto de lo que le pasa a la mayoría de los chicos de su edad a los que les pasan cosas malas. Y esto es lo verdaderamente revulsivo. Peor aún, los trece "acusados" por ella tampoco parecen (aunque alguno tal vez lo sea) ningunos monstruos, de hecho la mayoría de ellos también son víctimas, también les pasan cosas horribles y por supuesto, ninguno podría haber imaginado el trágico final de Hannah. Aunque es difícil no sentir cierta satisfacción vindicativa cuando cada uno recibe su cinta y es confrontado con su parte de la historia. Y esto sí es peligroso. O podría serlo. O al menos así lo consideran las organizaciones de prevención sobre suicidio adolescente estadounidenses que están advirtiendo sobre el riesgo de que la serie se convierta en una apología del suicidio, que genere respuestas imitativas o reacciones en cadena entre sus jóvenes espectadores. Porque hay que decirlo: es difícil no identificarse, aunque sea un poco, con Hannah.

Fuentes :http://www.infobae.com

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