lunes, 16 de noviembre de 2015

El pueblo que desapareció del mapa

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Cuando llegué a Colombia en 1985 para dictar un curso en la ciudad de Pereira, ya se hablaba en los canales de televisión sobre un grupo de geólogos y especialistas vulcanólogos que habían llegado para analizar los riesgos que presentaba un volcán, que remezón tras remezón, venía anunciando que algo estaba por ocurrir.
Pereira es la ciudad capital del departamento de Risaralda y es la ciudad más poblada de la región del Eje cafetero, y la segunda más poblada de la región Paisa después de Medellín. Curiosamente se encuentra a tan sólo 40 kilómetros del Nevado del Ruiz, ese volcán que estaba haciendo ruido.
Por la otra ladera y a más de 80 kilómetros se encontraba un pequeño pueblo de 25.000 habitantes llamado Armero.
Ahora sabemos que estaba del lado equivocado del volcán y muy mal ubicado en la bifurcación de un río.

Esa noche del 13 de noviembre a eso de las 23 horas, el volcán derritió una gran masa de nieve que se encontraba cerca de su cumbre. Esa nieve bajó arrastrando tierra, piedra y lodo hacia un río llamado Lagunilla en cuyo cause se habían construido diques de contención a roca viva.
Geólogos y vulcanólogos habían asegurado que dichos dique no podrían soportar un aluvión de ese tipo, pero nadie quiso escuchar. Resultaba impensable evacuar a un pueblo entero sin un motivo más tangible que una posible erupción sin fecha fija.

La cuestión es que el mismo dique se encargó de retener y aumentar la pared de agua y barro hasta que colapsó dejando pasar un masa incontrolable y de una altura tal que pudo cubrir hasta la cúpula de la iglesia del pueblo que se erguía en una bifurcación del río.


Hoy se cumplen treinta años de la avalancha que borró la localidad colombiana de Armero del mapa, y decenas de tumbas simbólicas y ruinas constituyen la única señal de que este próspero pueblo, ahora marcado por el silencio, alguna vez existió.

Más de 25.000 personas perdieron la vida mientras dormían la noche del 13 de noviembre de 1985, cuando el volcán Nevado del Ruiz entró en erupción y convirtió en agua las nieves de su cima, lo que desbordó el río Lagunilla e hizo que lodo y piedras se dirigieran con una fuerza destructora, a unos 100 kilómetros por hora, a Armero.


En menos de una hora todo se destruyó. Entre gritos, los habitantes trataron de llegar a la ruta para dirigirse a lugares elevados mientras los acechaba el alud, al que apenas sobrevivieron unas 4.000 personas.

Ahora, las ruinas y el prado verde en el que un día se asentó Armero constituyen un inmenso camposanto en el que, sin embargo, ninguna víctima fue enterrada, ya que los pocos cuerpos rescatados del mar de lodo fueron sepultados en fosas comunes alejadas de la localidad y la zona fue cubierta con cal viva para evitar la propagación de enfermedades.

Armero, que llegó a ser el segundo municipio más importante del departamento del Tolima, ya no avisa cuando alguien se adentra en su territorio. Las ruinas fantasmales aparecen casi por sorpresa a ambos lados de la ruta reconstruida varios metros por encima de lo que un día fue su suelo; y la única pista son las decenas de cruces blancas que flanquean la vía que atraviesa la destruida ciudad.

Todo en Armero es simbólico. Los restos de las casas que quedan en pie dejan ver trazos de dibujos en las paredes y baldosas del suelo que tuvieron colores alegres. Su distribución indica que tuvieron patios interiores y amplias habitaciones familiares.


ATENCIÓN. Las imágenes de este documental pueden herir su sensibilidad.


En las calles aledañas hay tumbas: "Alguien solo muere de verdad cuando quienes les quieren les olvidan", reza una placa dispuesta por Jorge Cala en recuerdo de su hermana, su cuñado y dos sobrinas, todos ellos fallecidos en la tragedia. "Venimos cada tres meses a cuidar la tumba. Ahora la estamos pintando para que esté arreglada para cuando venga (el presidente, Juan Manuel) Santos", dice Cala. Santos rendirá aquí homenaje a las víctimas el próximo viernes, en el 30 aniversario de la avalancha, un drama anunciado ante el cual nadie tomó precauciones.

Fabio Castro lo sabe bien. Hoy, con 80 años, recuerda que, en su condición de líder político en esos años, asistió a un debate en la Cámara de Representantes de Bogotá en la que se había presentado, antes de la erupción, un informe que vaticinaba "la destrucción de Armero".

Castro regresó rápidamente a Armero y avisó a sus amigos, pero no se tomaron en serio la advertencia. El funcionario, preocupado, les dijo que él no volvería nunca a la localidad. Esa noche, entre cervezas y música, fue la última vez que los vio.

 
Las inquietudes sobre la supuesta negligencia de las autoridades locales frente a la amenaza del volcán llevaron a una fuerte controversia. El alcalde de Armero, Ramón Rodríguez, y varios oficiales locales intentaron en vano llamar la atención del gobierno colombiano sobre el peligro que representaba el volcán. Durante meses, Rodríguez hizo llamados a diversas autoridades, incluyendo a varios congresistas y al entonces gobernador del Tolima, Eduardo Alzate García. Rodríguez llamó al volcán una «bomba de tiempo» y le dijo a los reporteros que él creía que una erupción rompería una presa natural ubicada río arriba, lo cual llevaría a una inundación. Pese a su insistencia, solo un congresista le prestó interés a la situación. Reportes de los ministerios de minas, defensa y obras públicas, «afirmaban que el gobierno estaba al tanto del riesgo del volcán y que estaba actuando para proteger a la población». La falta de responsabilidad por el desastre llevó a varios legisladores a pedir la renuncia del gobernador del Tolima. En los medios de comunicación también se debatía acaloradamente sobre el tema. Una de las acusaciones más agresivas provino de un funeral masivo llevado a cabo en Ibagué, en donde se afirmaba en varias pancartas que «el volcán no mató a 22 000 personas. El gobierno las mató»

En el lugar, hay una especie de museo, junto a lo que fue la estación de bomberos. Allí hay mapas del antes y el después del desastre, y fotos de Omayra Sánchez, cuya tumba simbólica es hoy un lugar de peregrinación. La niña murió a los 12 años después de tres días de agonía y atrapada, pues sus piernas estaban aprisionadas por muros derruidos e incluso por el cadáver de su tía.

Otros tantos niños fueron víctimas de la tragedia, incluso muchos fueron separados de sus padres, que nunca más volvieron a verlos. Ellos tienen la certeza de que sus hijos están vivos porque en muchos casos los entregaron a socorristas que llegaron a la zona tras la erupción del volcán.


Francisco González, un armerita que perdió a parte de su familia en la catástrofe, puso en marcha el proyecto "Niños Perdidos de Armero. Una causa que nos toca a todos" con el que pretende reunificar a las familias.

González, director de la Fundación Armando Armero, explica que el proyecto, que todavía está en sus primeras fases, nació en 2010, cuando comenzó a recibir cartas de sobrevivientes que le pedían ayuda para buscar a sus hijos.

El director de la Fundación cita como referente el caso de una mujer que supo que su hermana salió viva de la catástrofe de Armero y fue recogida por un hombre conocido como "El Mudo", que vivía en una aldea cercana, quien más de dos décadas después le confirmó la versión y dijo que la puso en manos de un socorrista.

Las piezas comenzaron a encajar y la sospecha se tornó certeza, por lo que realizó una primera investigación que dejó una lista con 236 familias buscando a sus hijos y siete niños que ahora buscan a sus parientes.

"Los familiares me dicen que han mandado cartas al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) durante más de 20 años y nunca han respondido. Se va regando la bola de que ayudo a buscar niños y fue creciendo como una avalancha", explica González.


Sin embargo, para poder llevar adelante esta investigación se necesita mucho dinero, por lo que hasta el momento solo se han dado los primeros pasos en ese sentido. Y antes de empezar su camino ya logró el primer éxito al reencontrar a un niño perdido de Bogotá, adoptado por holandeses, que figuraba en los registros como uno de los menores salvados de la catástrofe de Armero.

Apenas ocurrida la tragedia recuerdo haberme movilizado hacia la zona en cuestión. La destrucción era evidente en todo el trayecto del río que había ampliado su ancho en varias decenas de metros arrastrando en la correntada todas las construcciones que se encontraban en sus orillas. Era ya un gran cañón por sobre el cual el ejército de Colombia tendía puentes de batalla que reemplazaban a los que la correntada llevó.


No pude acercarme más y sólo quedó la donación anónima, las cenas donde el cubierto valía un sueldo y los platos eran servidos por personalidades que donaban su presencia.
Mientras tanto el barro se secaba y la nieve volvía a cubrir la cumbre.

Taluego.

Fuente: Efe, Wikipedia y Clarín.com

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