lunes, 15 de diciembre de 2014

Cuento - Mambo y los gorriones

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La vida suele estar tapizada de tramperas para pajaritos.
El hombre de ventas elabora sus mentiras con la esperanza de que su colega de servicios técnicos encuentre las soluciones a los problemas que él ha creado para lograr el negocio. Sabe que el otro es experto en encontrar soluciones tangibles y así generar la confianza en sus actos y se aprovecha para atraparlo en esa debilidad o fortaleza.

El político y el obrero, el director de hospital y el médico, los generadores de problemas en oposición a los que quieren solucionarlos.

La dualidad de la vida personificada en sus más simples actores.

Tal vez por eso el director del hospital no estaba en aquella terraza mirando desde un décimo piso el estacionamiento plagado de autos y Matías si.

-Es un mambo amigo, un mambo...-parecía susurrar la figura de pijama a rayas parada sobre la cornisa- Ella me dijo que podía y no, no puedo amigo. No puedo. Me pican los sesos.

Matías lo escuchaba a unos seguros tres metros de distancia sobre la terraza. Apenas percibía lo que el hombre le decía, pero interpretaba que como en el tango de Discépolo, el problema radicaba en la certeza de que "ni el tiro del final te va a salir".

El pobre hombre no le era desconocido, desde hacía cerca de seis meses mantenían una relación enfermero-paciente y nunca había demostrado una mejora en su condición mental.
Lo habían bautizado "Mambo" por que parecía que era lo que tenía permanentemente en la cabeza.
Mambo en realidad se llamaba Gresak de apellido y según los registros del hospital su nombre podía ser Alfredo o Gastón, nadie estaba seguro.
Desde que había llegado para ser tratado por un problema gastrointestinal se habían tomado todas las precauciones  indicadas por el hospital neuropsiquiátrico que lo había derivado, pero nadie había previsto ésto. 
Para todos era un paciente modelo que se deleitaba con la observación de los gorriones. Ellos eran su verdadera pasión y tenía cierto convencimiento de que uno de ellos sería el mensajero que le comunicaría la respuesta a todas sus preguntas liberándolo de ese ciclo sin fin en que se había convertido su mente.

-Ella me dijo que podía hablar con el Barba, que él me daría un momento y hablaría conmigo. Me dijo que en un gorrión, no un hornero, ni un venteveo, un gorrión amigo, un gorrión con la respuesta al verde pensar que tengo y no puedo pasar amigo. Yo le dije que me canso mucho, le dije amigo que tengo un click en el bolsillo y uno con lamparitas en la cabeza, que viene y va de rojo al azul. Con el azul amigo, con el azul me tildo como un flipper, pero con el verde, no, con el rojo, me pongo posta re blando y me callo amigo, me da por dormir y tengo los sueños en que viene el gorrión y me dice amigo, me dice que todo va a salir bien si tengo el click en el bolsillo...-

Matias no sabia si debía interrumpirlo o no, en realidad no tenía especial entrenamiento en el trato con enfermos mentales y como siempre hacía lo que podía o lo que la lógica le indicaba. Se acercó a tan solo un metro o dos para poder oírlo, mientras el resto del personal parecía adherido a todos y cada uno de sus móviles llamando a cuanto servicio de emergencias podían localizar.

-Del cuartel dicen que tardan veinte minutos Mati. ¿Podés entretenerlo?

-Y...trato..., no sé...

El fútbol siempre había sido un nexo que era de utilidad entre enfermeros y pacientes de todo tipo, pero Mambo Gresak no era aficionado a ningún deporte.

-Mambo, ¿por qué no me contás mejor qué es lo que te molesta hoy? decime, la Tota te volvió a molestar?

Parecía que Mambo no escuchaba, pero simplemente no estaba interesado en lo que los demás querían saber esa mañana sobre él.

-La Tota? no, el boludo ese no amigo, el click me vuelve loco y ya no veo los colores para saber si tengo que hacerlo o no. No me para el bocho , sabés? no para y eso me jode. Tengo que apagarme como pueda ni rojo ni azul amigo, no hay nada que me pare, ni las pastillas.-

Matías sabía que el hospital ya no contaba con los suministros necesarios para ese tipo de tratamiento y que estaban usando medicamentos genéricos fabricados en firmas del ministro de salud. Casi ninguno tenía efecto, pero las remesas de dinero desaparecían como agua entre los dedos y las pastillas que Mambo había traído desde el loquero ya se habían terminado.

-Me dicen que un gorrión estuvo preguntando por vos en la sala. Decía que tenía un mensaje privado y que sólo te lo podía contar a vos...- intentó Matías.

Mambo, giró la cabeza con curiosidad y le preguntó secamente.

-¿Qué rango tenía el gorrión?-

-¿Cómo qué rango?- respondió Matías.

-Si, la mancha del pecho de los gorriones te dan el rango. El capitán tiene dos rayas en el pecho de color oscuro, no el general, eso; el general, los sargentos una sola y los soldados nada, son muy chiquitos para pelear. Tiene que ser un capitán general amigo, sino el Barba no me manda mensajes con soldados, Así que , ¿qué era?, mirá que si me mentís voy a saberlo porque si no era capitán seguro es mentira...

-Capitán era, con dos rayas en el pecho...-

-General, ah, entonces es verdad- susurró mientras procesaba la idea.- Son lindos bichos, pero un poco mandones...-

-Mambo, tenés que venir conmigo a hablar con el mensajero, dále, dame la mano que te ayudo y nos vamos para la sala donde te está esperando.-

Las palabras como siempre suelen ser las peores herramientas para convencer a los humanos y Mambo despertó de su letargo momentáneo.

-No, tengo que hacerlo. Seguro que te confundiste vos y no es un gorrión autorizado. El click, amigo, el click que pasa de rojo a azul y yo le hago caso a ella. Decile al gorrión ése que venga a hablar conmigo acá si se anima, que yo lo espero. Mirá, ¿no será ese? si para mí que es ese...

Las quince personas que estaban detrás de Matías esperaban que el enfermero pudiera convencer a Mambo de alejarse de esa cornisa. Comenzaron a hacerle sugerencias, a alentarlo para que tome la iniciativa y con una muestra de su arrojo y valentía salve esa vida que se quiere escapar por el vacío.
Dos o tres de los residentes de primer año ya estaban grabando en su móviles el acto de arrojo y con sus palabras intentaban hacer que Matias resolviera el conflicto antes que la batería o la memoria del celular llegaran a su fin.

-Che Matías dejáte de chamuyartelo que parece que te lo querés levantar para llevarlo al telo...- le decían entre risotadas.

Otros dos comentaban:

-No será el alienígena de K-Pax ?

-No boludo, es el de "Hombre Mirando al Sudeste"

-Pero ese no tenía gorriones...

-No pelotudo, prestá atención, los gorriones eran de otro interno, no del alienígena ...

-Tenés razón, es el de K-Pax...pero no el principal, ese de anteojos de sol, el otro, el actor secundario que se quedaba en la ventana con la vista perdida...

-Ése...si,ése...¿no te decía yo?

Matías pensó que si conseguía tomarlo de la mano lograría atraerlo hacia la terraza.

-Mambo, ese no es, vení, dame la mano que te llevo a la sala, Allá está el gorrión con el mensaje y vas a ver que te soluciona el tema del click y el rojo y el azul, todo junto.

Mambo extendió su mano casi inmediatamente y con una mirada que parecía decir "estaba esperando que me dijeras eso" tomó la mano de Matías ante el asombro de sus camaradas que ya soñaban con subir el video a YouTube o mandarlo al canal de noticias.

-Ella me dijo que podía amigo, que lo iba a lograr cuando alguien tratara de ayudarme, que haría el click y todo pasaría de azul a rojo amigo.

Y previsiblemente se arrojó al vacío.

Matías había sobrevalorado sus propias fuerzas. Pensó que podría sostener un peso muerto de ochenta kilos simplemente echándose hacia atrás y trabando la pierna derecha contra el borde de la cornisa. Que tal vez sus amigos dejarían a un lado sus celulares y le darían una mano.
Se equivocó en todo.
La angustia del descubrimiento de ese error de cálculo le tomó el pecho por asalto oprimiéndolo con una angustia que nunca había experimentado hasta esa primera y última vez. Un grito sordo delató su arrepentimiento tardío mientras la mano férrea de Mambo se negaba a abandonarlo. Un escalofrío vertiginoso recorrió finalmente su espalda.


El pederasta utiliza un chupetín para atrapar al infante. Sabe que la golosina será el cebo irresistible para la pobre criatura.
La niña hecha mujer escota sus voluptuosidades y promete placer eterno al pobre imberbe que prueba el sexo por primera vez. Le pone nombre al niño y saca fecha con el Juez de Paz.
El populista entrega dádivas pero nunca trabajo, para así asegurarse el necesario número de pobres que lo vote en las próximas elecciones.
El esquizofrénico mantiene su calma y vulnerabilidad hasta que la presa se acerque lo suficiente e intente salvarlo.
Allí es cuando se dispara el cerrojo de la trampera para atrapar gorriones.


OPin 2014
En memoria de  Emanuel García


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