jueves, 12 de septiembre de 2013

Un jubilado en Alemania

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Hay un mundo utópico que todos imaginamos y sabemos que por eso mismo resulta imposible alcanzar, pero es cierto que hay un primer mundo real y no es el que nos vende Estados Unidos con su diagrama de consumo/guerra. Ese primer mundo real deja atrás a sus vecinos que sueñan con alcanzarlo, sin que se den cuenta que como siempre pasa en la historia, cuando la colonización no se logra por las armas , se logra por la economía. Así uno de los países que mejor estándar de vida ofrece a sus habitantes es Alemania, aún cuando para los propios alemanes se convierta en una cómoda cama donde descansar vigilado por sus coterráneos.
En mi pobre cabeza llegué a pensar que era mucho más importante tener una vida de sobresaltos que una vida chata, pero luego de haber vivido en Alemania por varios años aprendí que esa chatura permite que florezcan otras aptitudes del ser humano, merced a esa tranquilidad que le evita la alienación de todo país batido al estilo sudamericano.
Un alemán vive una única vida sin sobresaltos mientras en el tercer mundo, de tantos sobresaltos, vivimos hasta siete vidas separadas por décadas marcada por las crisis sociales.
Cuando usted lea estas líneas que siguen, y que me llegaron por intermedio de una amigo que aún vive por allá  pensará que falta algo, que se ha olvidado de escribir algún punto crucial e importante. 
No, así es como se vive. 
Queda en usted decidir qué es lo que prefiere experimentar.
Yo solo hago por hoy un poco de Copy-Paste.

Taluego.

Un día en la vida de Alemania

El novelista Fernando Aramburu hace un retrato de la vida cotidiana de los alemanes


Fernando Aramburu 9 SEP 2013

Amanece un día laborable en una ciudad de Alemania. Al modo de quien cumple un rito, el ciudadano se encamina a la panadería del barrio. La fila de los que aguardan turno ante el mostrador llega hasta la calle. El ciudadano ha balbuceado un saludo al que nadie ha respondido. Los más cercanos le corresponden con una leve sacudida de la cara. Después del ciudadano llegan otros y ocurre lo mismo. La gente tiene sueño; no son estas, al parecer, horas de conversación.

Tras el mostrador acristalado y en las baldas de la pared, hay panes de muy diversas formas, ingredientes y sabores. Trasciende hasta la calle un olor tibio y pacífico. La panadería está provista de un horno eléctrico a la vista de los clientes. El ciudadano compra un panecillo con semillas de amapola, otro con semillas de sésamo, dos con pipas de calabaza y dos normales. ¿Para qué tantos? Es que si compra cinco la empleada le pone una marca con el sello en una tarjetita. Con diez marcas le regalan cinco panecillos.

Fuera, un perro atado a una argolla espera a que su dueño salga de la panadería. Se siente abandonado y gime. No pocas personas que llegan o se van le dirigen palabras de consuelo. Estas sí son, pues, horas de conversación, pero sólo con perros. El viejo dicho afirma que el perro es el mejor amigo del hombre. Puede ser. En cambio, no hay duda de que los alemanes son los mejores amigos de los perros. El ciudadano aconsejó hace poco a un extranjero que se comprara uno para facilitar su integración en la sociedad alemana.

Por fin sale el dueño del animal. Docena y media de pupilas le ruegan: haga algo, ¿no ve que está sufriendo? El dueño se aleja con el perro, que ahora mueve el rabo alegremente. El perro se detiene en un espacio de hierba, junto a la acera, para hacer sus necesidades. El dueño recoge los excrementos con una pequeña bolsa de plástico y los arroja, un poco más allá, a una papelera. Sólo entonces suspenden su vigilancia los que hacen cola a la entrada de la panadería.

Tras el desayuno, el ciudadano acude a una cita con el dentista. El que se ocupaba antes de sus dientes no le complacía y hoy visita por primera vez a uno que le han recomendado. La ley le permite elegir. Eso sí, desde que pidió hora hasta hoy han transcurrido siete semanas.

De pronto oye a su espalda un timbrazo. Mira al suelo y comprueba que, en efecto, uno de sus pies pisa el carril de bicicletas. En la calzada acaba de detenerse el camión de la basura. Hoy toca retirar desperdicios reciclables, metidos en sacos amarillos, y el papel viejo de los toneles con tapa azul. Mañana vaciarán el negro de la basura común y la semana que viene, el marrón con los desechos de jardín.

Calle adelante, se encuentra con un vecino, el cual está ojeando libros ante una estantería plantada en medio de la calle. El mueble consta de varias baldas protegidas por portezuelas de vidrio. El que quiera puede llevarse ejemplares a su casa y devolverlos o no después de leídos. Es la gente quien deposita los libros. Se trata de una especie de trueque. Me llevo un libro, dejo otro. Predominan las novelas. No hay posibilidad de hurto, puesto que nadie está obligado a la devolución. Lo habitual es que los anaqueles estén llenos.

El vecino se muestra quejoso. Cuenta que lo han sancionado con una fuerte multa por talar un roble de su jardín. Alguien ha tenido que irle con el cuento a la policía. El ciudadano le pregunta cómo es posible que lo multen por cortar un árbol de su propiedad. Es que el perímetro del tronco superaba los sesenta centímetros. Ah, bueno. Recela que lo ha denunciado el vecino de enfrente, a quien él amonestó días atrás por usar el cortacésped pasadas las ocho de la tarde.

El ciudadano toma el tranvía. Un billete sencillo cuesta 2,20 €. Le sale más barato comprar un abono para todo el mes. Al rato, una chica sentada a su lado se levanta con ostensible precipitación. Resulta que un hombre fornido, que parecía un pasajero de tantos, es el revisor. La chica trata de alejarse en la esperanza de alcanzar la siguiente parada sin que le hayan reclamado el billete que no tiene. Pero los revisores controlan en pareja. Uno ha entrado por una puerta, el otro por la otra, así que no hay escapatoria para la chica. La conminan a bajar. En el andén le tomarán los datos. Tendrá que pagar una multa de 40 €. Si ha reincidido, más.


Al llegar al consultorio del dentista, el ciudadano presenta su carné del seguro de enfermedad. Meses atrás habría debido pagar 10 € de tasa de visita, pero el actual gobierno ha suprimido la norma porque a los seguros les va de perlas. Tampoco le cobran como antes por quitarle el sarro. El dentista intenta persuadirlo a que se haga dos implantes. El ciudadano dice que se lo pensará. Los dos que le pusieron en el otro consultorio no le salieron baratos.

De nuevo en la calle, llama su atención un grupo numeroso de niños en el patio de un colegio de enseñanza primaria. Un policía uniformado imparte una clase de educación vial. Los alumnos deben sortear obstáculos montados en su bicicleta. El policía da instrucciones y anota los puntos conseguidos por cada niño. Entre estos hay uno en silla de ruedas. Claro que no puede participar en los ejercicios; pero tampoco permanece aislado del grupo. El policía lo ha puesto al cargo de la paleta de señalización.

Va para un año que el ciudadano se jubiló. A fin de agregar unos euros a los ingresos de la pensión y porque no le agrada la idea de estar todo el día mano sobre mano, trabaja unas pocas horas de conserje por la tarde. Cobra cerca de 400 € mensuales. El trabajillo lo consiguió a través de una agencia de "minijobs".

A las cinco ya ha terminado. Para compensar el tiempo que ha permanecido sentado acostumbra dar un paseo alrededor del lago, que está a diez minutos de su parada del tranvía, dentro del casco urbano. Por el camino, lo aborda el encargado de un puesto de propaganda electoral. El puesto consiste en una mesa adornada con globos y carteles que muestran la cara sonriente de algunos candidatos. Le pregunta si ya tiene decidido a quién votará. Le dice que sí sin entrar en mayores explicaciones. El hombre le entrega varios prospectos en los que puede leerse un resumen del programa electoral y le regala un bolígrafo con los colores y el logotipo de su partido. El ciudadano, al doblar la esquina, deposita la propaganda política en una papelera con el gesto de quien introduce su voto en la urna. El bolígrafo, en cambio, se lo queda.

A las seis y media acude, como todos los jueves, al gimnasio. Asesorado por el monitor, hace su tabla de ejercicios adaptada a su edad y complexión física. Coincide con otros jubilados y eso le da confianza y amortigua su sentido del ridículo. Incluso ha trabado amistad con uno de los visitantes. Acabada la sesión de gimnasia, gustan de compartir un vaso de cerveza en el bistró de la esquina. Al salir comprueban que ha empezado a llover. El ciudadano dispone tan sólo de su gorra para protegerse de las gotas frías. Podría esperar a que escampara, ya que se ven algunos claros azules sobre los tejados del fondo; pero él cena siempre a los ocho en punto, viendo las noticias de televisión, y entonces decide marcharse a casa aunque llegará calado.


Tras las noticias, el ciudadano duda entre mirar un documental sobre la Segunda Guerra Mundial, una tertulia sobre las próximas elecciones o un concurso de preguntas relativas al cuerpo humano. A las once, desconecta el televisor, saca a la calle el tonel negro de la basura y se acuesta. Abre entonces el cuaderno donde acostumbra anotar sus impresiones de la jornada y escribe: “Hoy ha sido un día satisfactorio, sin acontecimientos memorables, pero también sin accidentes ni problemas. Un día normal, tan tranquilo como este país en el que por suerte ha transcurrido mi vida. Constato complacido que por vez primera en la Historia vivimos en paz con todos nuestros vecinos, con los del Norte y los del Sur, con los del Este y los del Oeste, y aunque nos quejamos (yo el primero) porque nos gusta mucho quejarnos y porque el paraíso en la Tierra no existe, hay que reconocer, en honor a la verdad, que nos va bien. Precisamente porque nos va bien pecamos un poco de pusilánimes. Sí, nos da miedo pensar que de repente, por una razón o por otra, todo pudiera venirse otra vez abajo”. El ciudadano cierra el cuaderno y apaga la luz.


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