jueves, 24 de marzo de 2011

La otra historia / Parte III

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Como siempre una historia real vale más que mil palabras.
Alejandro MacAlister vivía en Adrogué. Nieto de un gerente de la antigua línea Roca, mostraba claros signos de una ascendencia británica. Cara pecosa, ojos claros y una casi pelirroja cabellera. Había salido por primera vez del país en el año 1976 rumbo al casino de Colonia junto con su tío Ignacio. Les había ido bien, volvieron "hechos" pero con la alegría del tiempo compartido fronteras afuera. Cuando desembarcaron en el puerto y habiendo pasado ya el control de aduana e inmigraciones, Alejandro se percató de que su Cédula de Identidad ya no se encontraba en su bolsillo. Regresaron, hicieron las averiguaciones pertinentes, desandaron el camino mirando cada rincón del piso. Pero nada.
Con buen tino su tío Ignacio le dejó la tarea de ir al día siguiente a la comisaría de Adrogué a hacer la correspondiente denuncia por pérdida o sustracción y luego si, con más tiempo, tramitar el duplicado en el cuartel central de Policía. Allí pasarían varias semanas hasta que le entregaran su nueva identificación personal.
Pasaron los días, las semanas y los meses. Alejandro ya contaba con su nueva CI y seguía sus estudios en la UTN (Universidad Tecnológica Nacional) de Avellaneda mientras que en el día trabajaba en un taller de reparaciones electrónicas. Llegaba tarde a casa y doña Elvira, su madre, le dejaba siempre un plato de comida preparado, como si no hubiera pasado la noche en vela esperando la llegada de su hijo. Eran tiempos peligrosos. Los terroristas nos plantaban bombas en los colectivos cuando íbamos al trabajo y los militares le tiraban a cualquier hijo de vecino que pasara sin saludar.
Para esa época yo ya tenía a mis 19 mi ansiado autito usado y me movía libremente con  look de hippie  barbudo. Las reglas del conductor eran claras, si querías vivir para contarla, nunca, pero nunca conduzcas con la radio con el volumen alto. El no acatar la voz de alto  del ejército era simplemente castigado con una lluvia de balas que difícilmente te dejaría con vida para escuchar el lado B. 
Muchas veces los militares se escondían eficientemente tras los árboles en plena noche, a la espera de un terrorista muy buscado y cuando pasabas  era imposible ver que estaban ocultos allí. La vida dependía de poder escuchar a tiempo la voz de alto. Una vez detenido, se tenía que seguir el siguiente protocolo:
  1. Apagar las luces de los faros del vehículo
  2. Encender las luces interiores
  3. Apagar la radio, de estar encendida
  4. Mantener las manos sobre el volante 
  5. Acatar las órdenes
  6. Tener todos los documentos encima.
El primero para no encandilar a lo efectivos militares
El segundo para ser observado desde el exterior
El tercero para escuchar las ordenes
El cuarto para demostrar la ausencia de armas.
El quinto para evitar un tiro en la cabeza
El sexto para demostrar rápidamente la inocencia y poder volver rápido a casa.
Si usted me entiende, hasta aquí trato de demostrarle que los anórmicos de hoy también existían en el pasado y esa falta de límites, previsión y evaluación de las consecuencias fueron en muchos casos motivo de sus propias muertes aunque no tuvieran ninguna ideología política en conflicto con los locos de uniforme. Yo creo de forma muy personal y puede que usted se ofenda, que si se repitiera una situación similar a la de 1976 a 1983 hoy, es muy probable que media población inocente desapareciera simplemente porque no saben medir las consecuencias de sus actos y porque están siendo educados en la rebeldía y la confrontación constante.
Por eso el post anterior.
Pero regresemos a la historia de Alejandro que es mucho más descriptiva de la necesidad de hacer las cosas según marcan las normas del momento para mantenerse con vida en una sociedad sometida a la barbarie.
La noche del 23 de Mayo de 1977 fuerzas del Ejercito Argentino irrumpieron en su casa de Adrogué. Él no había llegado y su madre estaba expectante con la comida a medio cocinar. La trataron bien y le explicaron que buscaban a Alejandro por cargos de subversión. La madre con el corazón al borde del infarto les indicó que pronto llegaría de la facultad mientras repetía que él era inocente y que todo debía ser un  error. El jefe del operativo puso un efectivo armado detrás de cada uno de los árboles de la cuadra, mientras el camión que los había traído era estacionado a la vuelta de la manzana.
Alejandro no tenía auto y tal vez eso fue una suerte. Entró solito a su casa y no hizo falta gritarle ninguna voz de alto. Lo redujeron entre dos, lo encapucharon y sin decir agua va o agua viene se lo llevaron de los brazos de su madre que seguía sollozando su inocencia en un mar de lágrimas.
Alejandro pasó esa noche con los ojos vendados en un galpón frío y muy amplio, sólo reconocible por los ecos que escuchaba constantemente. Lo dejaron en una silla de chapa y escuchaba que muy cerca de él había otra persona llorando. Los minutos se hacían horas y el estar vendado le parecía ya una cosa más soportable que en los primeros momentos. 
No dejaba de temblar, había estrenado el terror que nunca había conocido pero del que muchos activistas de la facultad hablaban.
Escuchó pasos y una voz

-Vos son Alejandro MacAlister ??

-Si señor

-Estás jodido...

Alejandro no sabía qué preguntar. Negó todas las acusaciones. Explicó qué era lo que no entendía y poco a poco pudo saber que lo habían conectado con una célula terrorista porque su Cédula de Identidad había aparecido en una redada  de un nido del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). Nadie sabía si estaba involucrado  verdaderamente o era una simple trampa del destino. 
Nadie salvo él.
Le explicó todo a esa voz que no veía ni quería reconocer. Le contó del Casino de Colonia, del regreso y la pérdida. Contó de la denuncia policial que debía figurar en algún sitio y les remarcó que aquella CI que le habían sacado en la redada del bolsillo, era un duplicado que ya tenía muchos meses.
Luego de mucho escuchar la voz sólo le dijo

-Si confirmo que es verdad, hoy te vas para casa pibe. Quedate tranquilo...

Los pasos se alejaron, pero otros vinieron a torturar mentalmente al compañero de galpón que Alejandro sentía jadeando a su lado.

-Vos te vas. Yo estoy jodido...

...le dijo por lo bajo pero alguien no lo dejó continuar. Tal vez le habría pedido que le diera un mensaje a sus padres, novia o amigos. Que no se preocuparan, que estaría bien ,pero que no dejaran de luchar por encontrarlo y lograr su libertad. Tal vez eso le habría dicho, pero no lo dejaron..
Nuevamente segundos que se hacen minutos y minutos que son horas. Los pasos regresan. Lo toman de las manos esposadas a su espalda y lo arrastran nuevamente a un vehículo más pequeño. Tal vez un Falcon verde.
Media hora o tal vez más de trayecto por caminos asfaltados y de tierra y una mano que le suelta las esposas y le deja unas monedas para el colectivo.

-No pasó nada pibe. ¿Entendés? Quedate tranquilo. Acá no pasó nada. Camina cien pasos para adelante. Contá bien. Cien pasos y recién sacate la venda. No seas pelotudo y la vengas a arruinar ahora. Cien pasos y después la venda.

Alejandro bajó del auto y se dispuso a contar, pero sabe dios porque locas razones de una mente torturada se le ocurrió decirles mientras se alejaba...

-Gracias...

Taluego

N.A. Alejandro era un amigo de la adolescencia con quien compartíamos un conjunto de rock nacional.   Él era el baterista. Por suerte la historia terminó bien y se pudo recibir de Ingeniero en Electrónica en la UTN .
Llevar encima el documento de identidad o hacer la denuncia correspondiente ante el extravío del mismo, eran por entonces cuestiones de vida o muerte al igual que evitar que nuestro nombre apareciera en la agenda de algún activista, que se nos escuchara hablar de política o simplemente irrespetar a un efectivo policial o del ejército. Un camino en el que caímos por culpa de quienes quisieron imponernos un orden no democrático sin importarles la voluntad popular.

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El artículo La otra historia / Parte III fue publicado por O Pin el jueves, 24 de marzo de 2011. Esperamos que le sea de alguna utilidad o interés. Gracias por su visita y no olvide dejar su comentario antes de partir. Hasta el momento hay 8 comentarios: en el post La otra historia / Parte III

8 comentarios:

  1. Excelente relato de lo que fue esa época, con final feliz pero con un sabor amargo en la boca aún hoy...
    Atte/

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  2. Don Jorge. Muchas gracias. Espero que los relatos sencillos de los que vivimos esa época sin llegar a ser protagonistas, puedan dar una idea de los recaudos que debemos tomar para que esos hechos no se repitan en el futuro.
    La vida por entonces continuaba como si nada, como un Beirut donde ir a hacer las compras en medio de las balas seguía siendo una tarea cotidiana.
    Un abrazo.

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  3. y hoy convivimos teniendo seres humanos asesinados de un lado o del otro.... porque los amigos pueden tener distintos caminos elegidos... y de un lado y del otro mataron en mi nombre...eso se afanaron, mi pensamiento...eso! y dijeron lo que dijeron...en mi nombre y el tuyo ... y nunca les di mi voto.... ah! el día de la memoria es otro, bastante anterior... porque los muertos tienen otras fechas anteriores al 76...

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  4. Asì era.

    que tiempos.

    Por lo menos, a tu amigo no lo afeitaron. a mi me afeitaron en un celular.

    Canallas!!

    Saludos

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  5. Doña Marga. Tiene razón en todo y por eso al final del relato escribí "Un camino en el que caímos por culpa de quienes quisieron imponernos un orden no democrático sin importarles la voluntad popular" pues tanto militares como terroristas nos quisieron imponer su modelo de país desde mucho tiempo atrás sin preguntarnos nada.
    Un cariño grande para usted.

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  6. Don Gaucho. Lo que le hicieron eran prácticas milicas muy arraigadas que ellos ya ni se dan cuenta de para qué sirven. Esas cosas las hacían para humillar y dominar al otro demostrando su poder.
    Si no existieran esas prácticas entre ellos, nadie avanzaría hacia la muerte sin chistar en medio de una batalla. Además generan vínculos de hermandad entre los oprimidos, de allí la camaradería de los conscriptos. Eran prácticas muy comunes en la "colimba".
    Su especialidad es deshumanizar a la gente para que sean instrumentos de sus ordenes sin chistar.
    Ojo, que creo que son animaladas, pero entiendo de dónde les vienen.
    Encima en aquella época los militares "trabajaban" codo a codo con los de La Federal.
    Se potenciaban entre ellos.
    Son mundos tan diferentes el del ciudadano normal y el del militar, que cuando se cruzan lo menos que ocurren son calamidades.
    Un abrazo grande gaucho y recuerde que yo soy pelado y usted tiene abundante cabellera ;)

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  7. Salvando las distancias que son muchas, que son extensas, este relato-cuento-realidad, disfrazado de noticia, se ha parecido a algún pasaje del libro "la fiesta del Chivo" de V. Llosa. Sé que no tiene nada que ver. Nada es nada. Pero no sé, me ha venido a la memoria. Y cuando eso sucede no debe ser malo, ni bueno tampoco. Sólo ha sucedido así.

    Me ha dejado un sabor agridulce. Más agrio que dulce. Lo de la madre llorando angustias, lo del interrogatorio, la fortuna de uno, el infortunio del otro. El punto final aclarando la historia, la veracidad de lo narrado. El mundo nunca estará en paz, ni nosotros tampoco. Alguien siempre tendrá algo a mano para torturarnos. No nos contentamos con lo que deberíamos, no somos condescendientes, casi no somos humanos. Casi.
    No hay un solo texto suyo que me deje indiferente. Hable de lo que quiera, cuente lo que cuente, escriba lo que escriba, porque cada palabra de usted lo encumbra a lo más alto de mi cielo escrito, o de mi infierno literario. Que tampoco se está mal.

    Le doy las gracias por alegrarme, por entristecerme, por llenar, también, de información esta mañana dominical donde un cielo preñado de nubes convierte en agua todo lo que cubre.

    Gran abrazo

    Mario

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  8. Don Mario. Hace un tiempo que vengo contando estas anécdotas reales con la intención de que las nuevas generaciones (ojalá) las lean y entiendan que durante los tiempos de barbarie que asolaron mi país , no se trataba de terroristas contra militares sino de ambos bandos contra la gente común que quería trabajar, estudiar, formar una familia y que las luchas ideológicas y de egos de esos portadores de la muerte no les permitían alcanzar.
    A mi no me importa cuantos terroristas murieron ni cuantos militares, me duele en el alma y será por siempre, cuanta gente buena que nunca empuñó un arma vio truncarse sus ilusiones por unos pocos asesinos seriales de sueños.

    Muchas gracias por cada uno de sus conceptos, aunque provengan del afecto de un amigo.

    Un gran abrazo

    ResponderEliminar

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